Un día cualquiera

En un lugar cualquiera

Un día cualquiera

Cuando un pasajero sube al taxi y cierra la puerta comienza una nueva historia. Aquella soleada mañana la radio emitió las coordenadas de un viaje, acepté la propuesta y me dirigí hacía allí. Era en French y Laprida. Subió una señora mayor, pidiéndome ir a varios destinos; encendí el reloj y partimos hacia Barracas.

En el camino se estableció la conversación habitual que se genera con los pasajeros: acerca del clima, la situación política, los titulares de los diarios, o lo complicado que está el tránsito en la ciudad. La señora, de nombre Sara, me indicó los lugares por los que debíamos pasar y me dejó sobre el asiento del acompañante $200 como adelanto.

Luego de sus primeros comentarios, era evidente que la señora necesitaba hablar y contar su historia. Sara era viuda, su esposo Rafael le había dejado una empresa floreciente y muy reconocida, que era manejada a partir de aquel momento por su hijo y sus tres nietos. Al morir su marido, Sara entró en un estado depresivo que la mantuvo durante casi tres o cuatro años alejada de las decisiones de la empresa familiar.

Con el transcurrir del tiempo y con mucho apoyo psicológico, fue superando lentamente la perdida de Rafael. Pero fue relegada de las reuniones en la empresa y la familia comenzó a decirle que las cosas no funcionaban bien y que debían vender algunos activos y bienes.

Ella, por su confianza, les brindó un poder absoluto sobre las decisiones que se debían encarar. Cuando tomó conciencia, su familia le había vendido la empresa y su propia casa. Su hijo, nuera y nietos se fueron a vivir al exterior.

El domicilio donde la fui a buscar era la casa de una amiga que la alojaba provisoriamente hasta que ella encontrara una ubicación adecuada. Cuando llegamos a la dirección fijada en Barracas, nos encontramos con una esquina que en su momento habría sido muy importante, pero ahora se encontraba cerrada, abandonada, semi-derruida y con los muros y las cortinas metálicas herrumbradas, pintadas con graffitis.

Al ver aquel espectáculo tan deprimente y desolador de lo que había sido la floreciente empresa de su esposo rompió en llanto y con la voz entrecortada me pidió que nos fuéramos rápidamente de allí y que la llevara nuevamente a la casa de su amiga.

Cuando llegamos me pidió mi número telefónico, por si volvía a necesitar otro viaje. En ese momento detuve el reloj y le reintegré $100, de los doscientos que me había dado. En principio se negó a tomarlos, pero ante mi insistencia accedió y me reconoció que eran los únicos pesos que tenía hasta que cobrara su pensión.

Después de aquella primera vez, volvimos a encontrarnos para otros viajes, estableciéndose entre nosotros un hermoso sentimiento de amistad; en la actualidad, Sara, se encuentra viviendo en una residencia geriátrica en la localidad de City Bell.

Tanto yo como mi familia, que también la conoce, le hemos tomado mucho cariño y por lo menos una vez al mes, algún domingo, vamos hasta City Bell y la sacamos de la residencia, para almorzar y pasear hasta el anochecer.

En todos estos años no hemos vuelto a conversar sobre su familia residente en el exterior, que nunca fue a visitarla a la residencia donde vive acompañada por otras personas mayores que comparten sus historias personales a la espera de un futuro incierto.

Como se darán cuenta no siempre las historias en el taxi tienen un final brillante, pero todo esto forma parte de la vida, que es blanca, negra y con claroscuros. Así es la vida y tenemos que asumirla como es.

Fuente: Esta historia la leí hace ya algún tiempo en una columna de el diario La Nacion, aunque lo he intentado, no he sido capaz de localizar de nuevo el artículo original.

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